En su recorrido artístico y humano, Carlotta Parodi cruza el cine, la moda y el compromiso civil con la misma naturalidad con la que lleva un vestido de alta costura: sin separar nunca forma y fondo. En el ReWriters Fest, en el icónico espacio de la Galería Alberto Sordi, sacó la positividad corporal de los tópicos, transformándola en un acto cultural y político. Aquí, la belleza deja de ser una superficie y se convierte en lenguaje, en responsabilidad, en un relato de identidades plurales y no domesticadas. Finalista del Premio Franco Solinas con Redención, protagonista de proyectos internacionales e intérprete de feminidades complejas, Carlotta encarna una idea del glamour contemporáneo: imperfecta, consciente, profundamente humana. En esta entrevista, nos adentra en su mundo, donde la moda y el cine no sirven para ocultar la realidad, sino para iluminarla.
En el ReWriters Fest, llevaste el tema de la positividad corporal a un escenario cultural de excelencia, como el Mondadori de la Galería Alberto Sordi. ¿Qué importancia tiene hoy en día combinar belleza, moda y compromiso social para construir un nuevo imaginario femenino e inclusivo?
Llevar el tema de la positividad corporal a un lugar como el Mondadori de la Galería Alberto Sordi, en un contexto cultural tan estructurado como el ReWriters Fest, era importante precisamente porque desplazaba el discurso de la superficie a la sustancia. La belleza y la moda no son enemigas del compromiso social: sólo se vuelven problemáticas cuando dejan de cuestionarse y se reducen a modelos rígidos, exclusivos e inalcanzables. Reunir estos mundos significa volver a poner en el centro la idea de que el cuerpo no es un objeto que deba corregirse o normalizarse, sino un espacio de identidad, historia y libertad. La moda, el cine y el arte tienen una enorme responsabilidad en la construcción del imaginario colectivo: pueden reforzar los estereotipos o abrir posibilidades. Hoy siento que el verdadero gesto político es precisamente éste: mostrar cuerpos reales, complejos, no domesticados, y devolver a la belleza su significado más profundo, que no tiene nada que ver con la perfección, sino con la verdad y la singularidad de cada cuerpo, que tiene derecho a existir tal como es. El festival también acogió otros paneles dedicados a temas de gran relevancia social, como el dirigido por Myrta Merlino, que destacó la importancia de las herramientas de denuncia y sensibilización contra la violencia online, en particular la dirigida a las mujeres, o el dirigido por Eleonora Daniele, que exploró cuestiones centrales como la salud mental de los jóvenes.
En tu panel dialogaste con personalidades muy diferentes, desde el mundo del espectáculo hasta la psiquiatría y el periodismo cultural. ¿Qué tipo de energía surge cuando mundos aparentemente distantes se encuentran para narrar el cuerpo como una identidad y no como un estereotipo?
Cuando mundos aparentemente distantes se encuentran, surge una energía muy fuerte, porque cada uno aporta una mirada diferente sobre el cuerpo, la identidad y la vulnerabilidad. La decisión de reunir distintos ámbitos -el mundo del espectáculo, la moda, la psiquiatría y el periodismo cultural- nació precisamente del deseo de evitar una lectura única o simplificada y de volver al cuerpo en toda su complejidad. Con Giovanni Ciacci, por ejemplo, el debate partió de su carrera en la moda y la televisión y su relación con la exposición mediática, para llegar a temas muy concretos como el juicio sobre el cuerpo y la posibilidad de derribar estereotipos profundamente arraigados. El relato de sus experiencias personales, desde su carrera televisiva hasta gestos simbólicos como el baile del mismo sexo en Ballando con le Stelle, el primer ejemplo de pareja formada por dos hombres en el programa, o ser la primera persona seropositiva en entrar en un reality show como Gran Hermano VIP, contribuyendo a normalizar una condición aún fuertemente estigmatizada, mostró cómo la representación de los cuerpos no conformistas puede convertirse en una verdadera herramienta de cambio. Con Leonardo Mendolicchio, en cambio, el debate se desplazó a un nivel más esencial pero igualmente necesario: la relación entre cuerpo, identidad y sufrimiento psíquico. Su contribución ayudó a leer el cuerpo no sólo como una imagen pública, sino como un espacio emocional y psicológico, especialmente en sus fases más frágiles, devolviendo el discurso a una dimensión de cuidado, responsabilidad y escucha. Por último, el punto de vista del periodismo cultural, aportado por Valeria Manieri, amplió el discurso en el plano de la narración pública, destacando cómo el modo en que se relatan los cuerpos en los medios de comunicación contribuye a construir, o a desquiciar, imaginarios colectivos, estereotipos y jerarquías de valores. Reunir voces tan diversas creó una confrontación auténtica, en la que el cuerpo surgió como identidad, experiencia y relación, no como etiqueta o estereotipo. Para mí fue una experiencia extraordinaria, tanto a nivel profesional como humano, y agradezco a Eugenia Romanelli que haya querido que yo dirigiera este espacio de diálogo, que considero altamente formativo y que me permitió conocer a profesionales y personas de gran valor humano.
Eres finalista del Premio Franco Solinas con Redención, un proyecto ambientado en Nueva York que da voz a una comunidad invisible. ¿Qué te fascina de las historias fronterizas y por qué sientes la necesidad de llevarlas al centro del cine contemporáneo?
Redención nació del deseo de dar voz a quienes viven al margen de la mirada pública, a esas existencias que atraviesan nuestras ciudades cada día sin ser realmente vistas. El proyecto se escribió a cuatro manos con Andrea Antonio Vico, a partir de una idea original suya, y juntos sentimos desde el principio la necesidad de construir una historia que partiera de la observación directa de la realidad. Andrea también dirigirá, y esto nos permitió pensar desde el principio en un trabajo profundamente coherente entre la escritura y la puesta en escena. Cuando decidimos desarrollar el proyecto, Andrea y yo asistimos a un centro de recogida de Brooklyn, el Sure We Can, donde los enlatadores, en su mayoría mexicanos, acuden todos los días a recoger botellas y latas para sobrevivir. Muchos de ellos no hablan inglés. Yo hablo muy bien español y, esos días, traducía a Andrea lo que le contaban en italiano: sus historias, sus vidas, sus heridas.
Entrar en aquel centro no fue fácil. Recuerdo muy bien el impacto físico: el fuerte olor a alcohol y a basura, debido también a la cantidad de botellas de cerveza vacías que se recogían cada día. Entrevisté a los enlatadores uno por uno, escuché sus historias y tuve la sensación de que estaban poniendo literalmente sus vidas en mis manos. Especialmente José, que será el protagonista de la historia: le seguiré y entrevistaré durante la recogida, y ambos estaremos presentes en el escenario durante toda la película. Se creó un profundo vínculo con él. Me hablaba de su familia, de su pasado, de su vida cotidiana. Cada vez que me veía me preguntaba: «¿Cuándo se rueda la película?». – «¿Cuándo se rueda la película?» Sentía que por fin alguien le escuchaba. Me fascinan las historias fronterizas porque es ahí donde surgen las contradicciones más fuertes de nuestro tiempo: entre la visibilidad y la invisibilidad, entre la supervivencia y la dignidad, entre la retórica y la realidad. Los enlatadores sostienen en silencio un sistema informal de reciclaje fundamental en Nueva York, pero permanecen excluidos de la narrativa oficial, fuertemente estigmatizados por la sociedad. En este viaje, Andrea eligió vivir la experiencia de los enlatadores de primera mano, pasando un día entero recogiendo botellas y latas para comprender realmente lo que significaba. También salió profundamente afectada por el sentimiento de estigmatización que sufren estas personas cada día. Yo no tuve el valor de hacer lo mismo: tenía miedo de las ratas, de encontrar material potencialmente contaminante. Pero gracias a esto, sé lo real que es lo que estamos contando. Llevar estas historias al centro de la narrativa cinematográfica significa, para mí, asumir una responsabilidad: desplazar la mirada, cuestionar el sistema, devolver la complejidad a unas vidas que con demasiada frecuencia se reducen a estadísticas o estereotipos. Redención no nació del deseo de construir una historia «para sentirse bien», sino de la urgencia, mía y de Andrea, de contar algo que sentimos profundamente nuestro, aun a costa de que no nos guste. Porque hay realidades que deben salir a la superficie, que no pueden permanecer bajo tierra. Y el cine, cuando es honesto, puede seguir siendo esto: un espacio para la escucha, la verdad y la responsabilidad.


En Redención eres guionista, protagonista y observador directo de la realidad que cuentas. ¿Hasta qué punto es glamuroso -en el sentido más profundo y no superficial- ensuciarse las manos con la realidad para devolverla al público de forma auténtica?
Si pensamos en el glamour como algo brillante y alejado de la realidad, la Redención es exactamente lo contrario. Pero si lo entendemos en su significado más profundo, para mí hoy el glamour es un acto de valentía, una elección ética, la capacidad de encantar precisamente porque uno es real. Estar junto a los conserveros, seguirles en su camino cotidiano, escuchar sus historias, significa renunciar a toda forma de comodidad narrativa y asumir una responsabilidad muy concreta. Nos ensuciamos las manos en el sentido más literal, como he explicado en la respuesta anterior. En este sentido, el glamour deja de ser apariencia y se convierte en presencia: no contar lo que es fácil o seductor, sino lo que es necesario. Dar al público una realidad compleja, contradictoria, viva, sin suavizarla ni hacerla espectacular. Creo que el cine actual más poderoso surge precisamente de aquí: de la capacidad de estar en la realidad, de atravesarla con respeto y de transformarla en una historia sin traicionarla.
En la película estadounidense Heroes – The Crosses We Bear interpretas a una intensa antagonista sin redención. ¿Cuál es tu relación con los personajes oscuros y en qué medida te ayudan a expresar una feminidad más compleja, poderosa y no domesticada?
En realidad, no me gustan especialmente los personajes oscuros, sobre todo los villanos extremos: suelen estar muy lejos de mí, de mi forma de sentir y de ver el mundo. Sin embargo, por esta misma razón, representan un reto interpretativo que acojo con gran interés. Meterme en la piel de alguien distante de mí, a veces incluso moralmente opuesto, es uno de los ejercicios más estimulantes de mi trabajo, porque me obliga a salir de mi zona de confort. En el caso de Héroes – Las cruces que llevamos, Alessandra Russo es un personaje extremo, lúcidamente malvado, construido sin atajos consoladores, y es precisamente esta claridad de escritura lo que hizo que el reto fuera aún más estimulante. Está claro que desde un punto de vista moral no comparto nada de sus elecciones. Pero interpretarla significa entrar en su sistema de valores, en su lógica interna, sin suavizarla ni justificarla. Es un trabajo incómodo, a veces inquietante, pero necesario. Este tipo de personaje me permite retratar una feminidad que no pide aprobación, que no es ni domesticada ni tranquilizadora, sino compleja y contradictoria. Creo que también puede ser interesante retratar figuras femeninas que no necesitan ser amadas para ser contadas, sin que ello signifique justificar sus actos o elecciones.



Después de ganar el Premio Internacional Vincenzo Crocitti como Actriz Internacional a la Trayectoria, ¿qué idea del éxito sientes que es la tuya hoy en día, la del reconocimiento o la de la libertad de elegir quién ser dentro y fuera del plató?
Mi idea del éxito tiene más que ver con la adhesión a los propios valores. La libertad es uno de ellos, y es un privilegio. Tener la oportunidad de contar algo que sientes profundamente tuyo y en consonancia con tus valores, tanto artísticos como éticos, no tiene precio. Los premios son un reconocimiento importante del trabajo realizado, pero nunca han sido un objetivo en sí mismos. Más bien, hacer lo mejor que puedo con lo que se me pide, eso es. Soy perfeccionista, incluso en el sentido menos virtuoso del término. En el caso del Premio Vincenzo Crocitti, fue un honor para mí compartir este reconocimiento con artistas que han dejado su huella en el cine y el espectáculo italianos, como Paola Cortellesi, Kim Rossi Stuart, Paolo Conticini, Morgan y Massimo Lopez. Fuera del plató, el éxito coincide cada vez más con la capacidad de aceptar dónde se está, sin sentirse constantemente detrás de modelos externos. El trabajo sobre mí misma, que llevo años haciendo, también tiene un profundo efecto en mi forma de mirar a los demás y de contar sus historias. Hoy siento que el verdadero éxito consiste en seguir evolucionando, manteniéndose fiel a los propios valores y aprendiendo a vivir con la complejidad, sin juzgarla.




